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Revista Espartako.cl

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Documento de Historia Nº 057. 25 de abril de 2004


La Insurrección de París y Sus Protagonistas

¡A las Armas Ciudadanos!

Por Agustín López en Periódico "Punto Final" Año XXIX Nº 326, 02 al 15 de Agosto de 1994, Pág. 26 y 27)

Cuando la división blindada del general Leclerc llegó a París el 25 de agosto de 1944, apenas debió enfrentar ¡a resistencia de algunos soldados alemanes en las fronteras de la ciudad. Avanzó triunfalmente en medio de una multitud fervorosa. Los tanques liberadores debieron echar abajo -para avanzar hacia el centro- las trincheras que los parisinos habían levantado con los adoquines de las calles.

Los enviados del general Charles de Gaulle y los aliados se limitaron a recibir la capitulación de los nazis. Y terminaron cuatro años, dos meses y cinco días de ocupación alemana.

Los cien mil partisanos, que alcanzó a reunir la resistencia, habían librado una batalla heroica durante una semana. Emergieron desde la clandestinidad y tendieron un cerco alrededor de los alemanes y los colaboracionistas. Aparecían en lo alto de los edificios, en las puertas de las casas, en las esquinas, en las torres de las iglesias. París se convirtió en un infierno para los ocupantes.

Desde Berlín dieron órdenes de evacuar la ciudad. El general Von Choltitz, comandante del ejército alemán en París, quedó abandonado a su suerte con apenas unos quince mil soldados. Hitler había dispuesto arrasar la ciudad y preguntaba con insistencia: ¿Arde París? Estaba seguro que cuando los aliados hicieran su aparición se iban a encontrar con un París en escombros y con buena parte de sus habitantes muertos. Von Choltiiz no disponía de fuerzas suficientes. Y fue eso -y no su amor por los monumentos y la tradición de París- lo que impidió el cumplimiento de las órdenes de Hitler.

El Consejo Nacional de la Resistencia, presidido por Georges Bidault y Alexander Parodi, obedecía las instrucciones del Comité Francia Libre cuyo líder era el general De Gaulle. No quería que la insurrección general sobrepasara sus controles. Temía que el gobierno que resultara de la liberación fuera controlado por los insurrectos y sus instituciones cuyo izquierdismo no le era simpático.

La insurrección partió el 19 de agosto de 1944 con el alzamiento de la Prefectura de Policía de París comandada por el inspector Caurroy. Y aunque los rebeldes fueron aniquilados por los alemanes y las milicias colaboracionistas del gobierno de Vichy, fue imposible hacer lo mismo con los partisanos que se apoderaron del Hotel de Ville (la Municipalidad de París), el Ministerio de Relaciones Exteriores y casi todos los edificios públicos.

La insurrección, cuatro días después, era dueña de la ciudad. Aparecieron públicamente los periódicos que apoyaban la resistencia; fueron saqueados los cuarteles alemanes y las sedes de los partidos colaboracionistas y se cantaba La Marsellesa en todo París.

TREGUA DE ULTIMA HORA

En medio de la batalla triunfante fue inexplicable que el consejo de la resistencia decretara una tregua para dialogar con el Estado Mayor alemán. Tal medida fue estimada como una traición por el Comité de Acción Militar que dirigía el comunista Rol Tanguy y por el Comité Parisino de Liberación que presidía el sindicalista Tollet.

La verdad es que la tregua era una maniobra de las organizaciones oficiales para tomar en sus manos la dirección de los acontecimientos. El cónsul sueco Nordling fue un emisario diplomático para establecer un diálogo innecesario de los dos bandos. A las 2 de la tarde del 25 de agosto de 1944 Von Choltitz firmaba la rendición incondicional y todo quedó listo para el ingreso triunfal al día siguiente del general De Gaulle.

Todavía ese día hubo algunos disparos de franco tiradores nazis o colaboracionistas que dejaron muertos y heridos en los alrededores de Notre Dame. Pero nada impidió que De Gaulle asistiera a un Tedeum de acción de gracias. Un coro interpretó el "Magnificat" de Bach. Y Paris volvió a ser una fiesta, hasta Ernest Hemingway brindando en el Hotel Ritz en un descanso de su trabajo como corresponsal de guerra.

Se dice que Hitler recibió la noticia sin hacer comentarios. Quedó paralogizado y ofreció fusilamientos a todos los generales que habían entregado París intacto.

LA GRAN TRAICION

Los años de la ocupación nazi fueron los más tristes de la vieja historia de París. Y no sólo por la ferocidad de los ocupantes sino también por la magnitud de la traición y la colaboración de políticos, intelectuales y militantes de los partidos de derecha.

La ciudad fue entregada a los nazis sin disparar un tiro. Ante el avance de los alemanes en todos los frentes de Francia, el general Weygand, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas Francesas, ordenó que sus soldados bajaran las armas. En un informe dirigido al anciano mariscal Petain, presidente de Francia, aseguró que la resistencia no serviría para nada; que había que hacer "un sacrificio para librar al país de la destrucción".

El régimen de Petain era ultra conservador y anticomunista. El viejo héroe de la Primera Guerra Mundial era manipulado, a los 88 años, por una mafia que soñaba con unir a Francia con el Tercer Reich. Uno de sus ideólogos era el primer ministro Pierre Laval que lucía invariablemente una corbata blanca como símbolo de rendición y colaboración.

El 12 de junio de 1940 se firmó la rendición y se declaró a París "Ciudad Abierta". Dos días después las divisiones alemanas pasaron debajo del Arco de Triunfo y arriaron la bandera francesa. En su reemplazo izaron el emblema nazi de la cruz gamada y colocaron enormes carteles que decían "Alemania triunfa en todas las fronteras".

Luego se firmó un armisticio que relegaba al gobierno francés a Vichy.

Los habitantes de París parecieron ceder a la ley del más fuerte. Los alemanes se apoderaron de los mejores hoteles, de las más bellas mansiones. Instalaron allí sus cuarteles generales, sus aparatos de espionaje, sus administradores. Los vencedores exigieron trabajo, servilismo y obediencia. Decían: "Mientras nosotros los alemanes nos batimos, los franceses deben ayudarnos: voluntariamente o a la fuerza".

LOS COLABORADORES

Sus slogans propagandísticos eran claros: "Libremos al mundo de judíos y bolcheviques, eliminemos a Inglaterra, Estados Unidos y la URSS de los asuntos europeos y construyamos una Europa sana, fuerte y racialmente pura".

París parecía funcionar normalmente. Los grandes cabaretes -Lido, Moulin Rouge, Sherezade- se abrieron para los soldados alemanes y allí actuaron algunas estrellas de la canción como Maurice Chevalier y Tino Rossi, las vedettes del Follies Bergere y actrices del cine como Viviane Romance y Danielle Darrieux. Intelectuales como Sacha Guitry, La Rochelle, Celine se las arreglaron para justificar la ocupación y disfrutar de los favores de los invasores. Sartre continuó asistiendo todas las tardes al Café Flore de Saint Germain y los realizadores cinematográficos se refugiaron en sus películas en temas que no ofrecían conflictos.

El gobierno de Vichy estimuló la creación de partidos políticos colaboracionistas que llamaban a luchar contra "los terroristas" de la resistencia. Así nacieron el Partido Popular Francés, el Movimiento Social Revolucionario, el Partido del Reencuentro Nacional y hasta un Partido Nacional Socialista Francés. Todos ellos crearon una Legión de Voluntarios Franceses contra el bolchevismo que logró enrolar a 7 mil 800 voluntarios.

También los colaboracionistas prestaron con entusiasmo su concurso a la liquidación de los judíos de París decretada en 1942 por el general Carl Heinrich von Stüpnagel, comandante en jefe de la Francia ocupada. Ordenó que todos los judíos, desde la edad de 6 años, debían llevar en sus vestimentas la estrella de David y la inscripción "judío" en caracteres negros. Un total de 75 mil 721 de ciudadanos franceses de origen hebreo fueron enviados a campos de concentración alemanes y sólo 2 mil 500 sobrevivieron a las cámaras de gases. La propaganda anti semita de los colaboracionistas decía "Es necesario que todo francés se defienda de la empresa hebraica y que aprenda a conocer a los judíos".

Toda resistencia pasiva o activa era castigada con fusilamientos. El gobierno de Vichy recomendaba: "La colaboración debe ser sincera y tiene que excluir todo sentimiento de agresión". Durante un año -desde 1940 a 1941- la oposición a los ocupantes parecía no existir.

Las ignominias de los ocupantes se fueron haciendo cada vez más brutales. Obligaron a Petain a establecer el servicio de trabajo obligatorio. Los alemanes necesitaban en sus ciudades mano de obra semi esclava para las industrias de guerra. Los franceses en edad de trabajar -desde los 18 a los 50 años- fueron enrolados para cumplir en Alemania con "todos los trabajos que el gobierno considere útiles".

Se inició así una deportación masiva. Muchos de los llamados se ocultaron en el campo o se integraron a los Maquis que organizó el PC francés en la más estricta clandestinidad. Un total de 604 mil hombres y 42 mil mujeres fueron enviados a Alemania. Setenta y cinco mil sucumbieron allí.

Los nazis parecían dueños absolutos de la situación. Se conocían los cuarteles de torturas de la Gestapo y existían miles de delatores que trabajaban para ellos. El mercado negro enriquecía a los oficiales del Reich ya quienes actuaban como sus intermediados.

LOS COMBATIENTES EN LAS SOMBRAS

Las aguas empezaron a agitarse a partir del 21 de agosto de 1941. Ese día el resistente comunista Pierre Félix Georges, llamado "coronel Fabien", abatió a tiros a la salida del Metro al intendente de la Marina alemana, Alfons Moser. Fue el primer ocupante muerto en París. A continuación otro oficial alemán fue herido. El comandante militar alemán Schaumburg decidió fusilar de inmediato a tres rehenes tomados al azar. Y como eso no le pareció suficiente ordenó el fusilamiento de 72 militantes comunistas notorios, entre ellos Louis Thorez, hermano del líder del PC, Matrice Thorez.

No obstante la resistencia se multiplicó prodigiosamente. Los comunistas eran el núcleo mejor organizado y el único que poseía una base celular que se fue transformando en los Maquis. Estaban abiertos para aceptar en sus filas a cualquiera que se integrara a la lucha. Así contaban con gaullistas, católicos, socialistas, deportistas, estudiantes, intelectuales, obreros, campesinos, mujeres, muchachos, ancianos.

Crearon un sistema de lucha contra los alemanes en todos los frentes. Difundían periódicos destinados a contrarrestar la propaganda alemana y a denunciar al régimen de Vichy; crearon organizaciones para-militares y grupos destinados a reunir armas. Hacían entrenamientos en los subterráneos de los edificios, en el interior de algunos conventos, en escuelas, en el campo. Otros abrían rutas para la fuga de patriotas comprometidos en acciones ya realizadas hacia Gibraltar o Londres por la zona libre. Otros falsificaban documentos destinados a impedir la deportación de franceses a Alemania.

La resistencia también detectaba a los soplones y los traidores que en algunos casos eran ajusticiados y arrojados a lugares públicos visibles para desalentar a otros que, a veces, eran introducidos como espías en las filas de los Maquis.




LOS HEROES DE CADA DIA

Durante dos años un editor de música, Robert Deiss, publicó "Pantagruel", el primer periódico de la resistencia. Editaba 10 mil ejemplares que eran enviados audazmente por correo. Deiss fue finalmente descubierto por los alemanes y decapitado en Colonia el 24 de agosto de 1943.

Después los periódicos se multiplicaron. Era difícil para los alemanes detectar las imprentas y a quienes los distribuían. Sus mejores agentes resultaron ser tranquilas abuelitas o niños que aprovechaban las aglomeraciones de los mercados o la oscuridad de los cines para realizar su trabajo.

Los fusilados eran centenares. Entre ellos cayó el legendario Jean Moulin que dirigió certeros golpes contra los aparatos burocráticos de los ocupantes y contra los torturadores de los patriotas.

En varias ocasiones los aviones de los aliados volaron sobre París y lanzaron bombas dirigidas a los cuarteles alemanes. Las bombas mataban más a los franceses que a los enemigos. La resistencia exigía que ese trabajo se lo dejasen a ella ya que sabía dónde golpear.

Pero no se opuso al bombardeo de la aviación inglesa el 3 de marzo de 1942 a la gran usina de la Renault que fabricaba tanques para la Wehrmacht, a pesar de que tal acción causó 500 muertos y mil 500 heridos. Los ingleses lanzaron miles de volantes explicando por qué habían realizado esa operación.

El feroz comandante policial nazi Carl Oberg redobló el terror cuando comprobó que a la insurgencia le crecían millares de cabezas. Hizo pegar en las calles grandes carteles que fijaron las penas. Estableció que todos los parientes directos del hombre buscado serían fusilados a partir de los 18 años: todas las mujeres de la familia serían condenadas a trabajos forzados; todos los niños, hasta los 17 años, y las mujeres enfermas serían recluidos en casas de castigo.

De diciembre de 1941 a diciembre de 1942 los tribunales militares alemanes pronunciaron 856 condenas a muerte y ordenaron la ejecución de 540 rehenes inocentes. Las cifras de las victimas se cuadruplicaron en los años siguientes. El PC fue llamado "el partido de los fusilados". No por eso sus filas dejaron de crecer. Al contrario. Después de la liberación emergió como la más poderosa organización política de Francia.

La resistencia no tenía otra ideología que no fuera la expulsión de los alemanes y el fin del infame gobierno de Vichy. Sus miembros eran parte de una cadena cuyos eslabones ignoraban qué función desempeñaban los demás. A veces la única tarea de alguno de ellos consistía en trasladar un paquete, ocultar algunas armas, llevar un mensaje, hacer un llamado telefónico en clave, vigilar los movimientos del enemigo, detectar a los soplones, etc. Los recursos económicos eran reunidos en los cafés, los almacenes, los teatros, los estudios, mediante ingeniosas ocurrencias como agregar una propina o entregar unos francos más que los señalados en los boletos. Asimismo la limosna dominical de algunas iglesias iba a parar íntegra a la resistencia.

A partir de 1942 los golpes de los Maquis fueron parte de la crónica diaria. A comienzos de ese año una bomba destruyó un hotel reservado a los alemanes en pleno Barrio Latino. Otra hizo estallar una bomba de bencina de la Werhmacht, una tercera incendió la librería de la Asociación Cultural Nacional Socialista. Los sabotajes a cables de alta tensión, a trenes que llevaban a Berlín bienes robados a los judíos, a empresas que trabajaban para los invasores, eran de una increíble audacia. Los soldados alemanes recibieron órdenes de recluirse en sus cuarteles y no salir jamás a la calle sino en grupos.

El gobierno de Vichy creó una milicia civil "para contrarrestar la propaganda subversiva, reprimir las manifestaciones antigubernamentales y buscar a las fuerzas hostiles".

La resistencia se preparó pacientemente para desencadenar la insurrección general. El punto de partida fue el asesinato de Phillippe Henriot, secretario para la información y la propaganda del gobierno de Vichy, el más talentoso y eficaz vocero colaboracionista. Fue ultimado a balazos en su propia oficina ministerial por un grupo de Maquis conducido por el coronel Morbit.

Los aliados ya habían desembarcado en Normandía. El jefe del Estado Mayor de la resistencia, Rol Tanguy, dio la orden de ataque general con el mismo grito de La Marsellesa: "A las armas, ciudadanos". Los alemanes respondieron organizando un último desfile militar por los Campos Elíseos en el que exhibieron temibles armas y numerosa tropa. Era ya inútil. La batalla se daba por perdida. La gran represalia era la destrucción de la ciudad soñada por Hitler en sus delirios últimos. Los soldados alemanes y las milicias de Vichy se rendían con banderas blancas y se entregaban al destino en manos de los resistentes.

Cuando el general Leclerc llegó a París la batalla había sido ganada. Terminaba, a fuerza de coraje, de una movilización de masas heroica y con millares de sencillos héroes, una epopeya cuyo gran protagonista fue el pueblo francés.



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